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Vivimos esperando a que llegue el fin de semana. Las vacaciones en invierno o en verano. Esperamos a que llegue ese día festivo que nos va a permitir parar y descansar, que nos sacará de la rutina con un plan que nos apetece. Nos sacará del trabajo, de las notificaciones, de los informes por entregar, de la lista de tareas y del horario de oficina. Y una vez que esas vacaciones han terminado, contamos los días para que lleguen las siguientes. Yo era (y a veces soy) una de esas personas que esperan y que tachan los días del calendario. De vez en cuando necesito recordarme que hay otro ritmo posible. Este es el mío.

Levantarme temprano, cuando la casa aún está en silencio y la luz de la mañana todavía no entra por las ventanas; ir hasta la cocina; elegir una taza y elegir el café, y que el olor inunde toda la estancia. Ese momento, mientras se llena la taza (dos minutos, tres) es de las pocas cosas que no he querido optimizar nunca. No siempre puedo. Pero cuando lo hago, es mi momento favorito del día.

Un Café en la Rive Gauche nace de ahí. De querer alargar esa pausa y destinarla a lo que de verdad me interesa: los libros que estoy leyendo, la película o serie que no me quito de la cabeza, el disco que llevo toda la semana poniendo. Sin algoritmos decidiendo por mí, sin prisa, sin la obligación de que todo sea nuevo o viral.

Cada dos viernes te escribiré por la mañana, con todo lo que merece un espacio, mientras se hace el café.

No es un boletín. Es una carta. Y me alegra mucho que estés al otro lado.

Nos vemos el próximo viernes. El café ya está listo.

«Se acerca septiembre… Siento que me debo un breve respiro, sin prisas ni obligaciones. No puedo enfrentarme a la realidad muerta. Quiero días de lluvia, linternas y cien lunas enredadas en hojas oscuras, música desbordándose y resonando todavía dentro de mi cabeza.»

— Sylvia Plath